Gerardo Sotelo – la columna
Quizás los comunicados del Mercosur y Cancillería que únicamente condenan a Israel no expresen sus convicciones sino su debilidad. Mujica actuó presionado por Venezuela y Brasil y no hay razón para pedirle que tenga con Israel el coraje que no tuvo con Paraguay. Por el contrario, aquella sumisión fue coronada con una de sus lecciones más descarnadas de realpolitik: a veces lo político está por encima de lo jurídico.
Mujica pretendió explicar su conducta, diciendo que, si bien admira los aportes culturales y científicos del pueblo judío, esta vez «perdió los puntos de referencia». La reflexión encierra la matriz del racismo antijudío y de cualquier forma de discriminación. La justificación es una variante del tradicional «yo tengo un amigo negro» como excusa para endosarle a un colectivo las conductas de algunos de sus miembros.
Es probable que el presidente uruguayo no se haya dado cuenta de lo que dijo. No solo porque hay judíos que están en contra de esta guerra y otros que están en contra incluso de la existencia del Estado de Israel. Mujica no habría culpado al pueblo árabe por los 180.000 sirios asesinados por Bashar al Asad ni al pueblo islámico por la persecución y asesinato de cristianos en Siria e Irak a manos del ISIS.
Como si esto fuera poco, Mujica calificó de genocidio la guerra contra Hamas porque «se bombardean hospitales, niños y viejos». La conclusión parece adecuada a la tragedia de los gazatíes pero no lo es. Un genocidio es el «exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad». Atribuir tal intención al gobierno israelí es un verdadero despropósito. Los genocidas no avisan por teléfono a quienes buscan exterminar ni mucho menos los trata como ciudadanos. Buena parte de quienes repiten esta barbaridad desconoce que hay más de un millón de palestinos israelíes y que muchos de ellos (y ellas) combaten en la Tzahal contra el terror yihadista. Mujica no acusaría de genocidas a soviéticos, británicos y estadounidenses por bombardear en 1945 los «hospitales, niños y viejos» alemanes, atrapados en Berlín o Dresde por la vesania criminal de los nazis.
«Todos tienen derecho a defenderse, pero hay defensas que no se pueden hacer», sentenció el mandatario. Uno de los túneles destruido por los israelíes llegaba hasta el kibutz Zikim. A finales del 2007, cuando lo visité, el tambo había sido bombardeado por Hamas. El encargado, que no voló en pedazos porque llegó a tiempo al refugio, era un joven uruguayo.
¿Qué haría Mujica si supiera que los cohetes y los terroristas que caerán sobre sus compatriotas indefensos están debajo de escuelas y hospitales? Si no puede responder esta pregunta, debería tener de nuevo una posición ecuánime. Si teme enfrentar a sus socios del Mercosur, podría probar con el silencio.
Sesgado
05/Ago/2014
El País, Gerardo Sotelo